Agua, la crisis que nadie tiene en la lista
David Martinez Meyer 6 min de lectura
Podría ser mucho cliché empezar un artículo relacionado con el agua recordando que este líquido cubre el 71% de nuestro planeta, pero que solamente el 3% es agua dulce y que, de ese porcentaje, solamente el 0.5% está disponible para el consumo humano, ya que el resto está capturado entre glaciares, hielo polar y mantos freáticos inaccesibles (y no queremos alcanzarlos).
Cuando pensamos en los grandes retos que enfrentamos actualmente como humanidad, nuestras mentes viajan a energía, inteligencia artificial, desigualdad, deudas sociales y calentamiento global… difícilmente el agua se nos pasa por la cabeza, mucho menos encabeza la lista. Y eso que hoy, 2,200 millones de personas tienen inseguridad hídrica (no está garantizado su acceso a agua potable), la WWAP (ONU – Agua) estima que para 2050 entre el 40% y el 50% de la población mundial, alrededor de 5,700 millones de personas, vivirán estrés hídrico al menos una vez al año.
Como sociedad, nos hemos acostumbrado a dar por sentada el agua de la misma forma que, durante el siglo XX y principios del XXI, dimos por sentado el clima: un sistema estable, predecible, gratuito y que, hiciéramos lo que hiciéramos, estaría ahí, al servicio de nuestras necesidades de producción.
El ciclo hidrológico no destruye ni crea una sola gota de agua, pero el cambio climático está llevando a que el agua que necesitamos, dónde y cuándo la necesitamos, no llegue. En términos hídricos, la crisis que estamos viviendo es una de distribución, infraestructura y, sobre todo, de tiempo.
Cada vez se escucha con más frecuencia el concepto de “estrés hídrico”, por pura lógica, podemos asumir que es la angustia por no tener acceso al agua potable necesaria para cubrir necesidades básicas, empezando por saciar la sed.
De acuerdo con el WRI Aqueduct Water Risk Atlas, el estrés hídrico ocurre cuando la demanda de agua supera la disponibilidad de recursos hídricos renovables en una zona durante un período determinado. En 2023, WRI Aqueduct publicó que 8 de los 10 países con mayor estrés hídrico proyectado para 2040 están en Latinoamérica, con México encabezando la lista.
Según la ONU, en 2023 cerca del 60% de los desastres naturales son por origen hídrico, ya sean sequías o inundaciones, estas últimas duplicando su frecuencia entre 1980 y 2020. Según el Banco Mundial, más de mil millones de personas viven en zonas de alto riesgo de inundación.
El gran problema de las inundaciones, en especial las severas, es la contaminación que generan. A nivel superficial, arrastran sedimentos, patógenos, pesticidas agrícolas, combustibles y residuos hacia ríos lagos y pozos. La contaminación superficial puede inutilizar fuentes de agua potable durante meses, si por el nivel de inundación se alcanzan las bocas de los pozos o se llegan a filtrar contaminantes a los mantos acuíferos, la recuperación puede tardar años.
Cólera, fiebre tifoidea, hepatitis A y diarrea severa son algunos ejemplos de enfermedades graves causadas por el consumo de agua contaminada. A nadie sorprende cuando los datos de la Organización Mundial de la Salud señalan que la población más vulnerable a estas enfermedades son los niños menores de 5 años y los adultos mayores.
Soluciones innovadoras
Latinoamérica cuenta con el 30% del agua potable del mundo, pero más de 47 millones de personas no tienen acceso seguro a ella.
Más allá de la tecnología, el déficit en la región parece estar en el financiamiento de infraestructura de base: redes de distribución y saneamiento, plantas de tratamiento y sistemas rurales.
La idea generalizada de que el gobierno es quien se debe de encargar de garantizar servicios básicos, además de los lentos retornos y el alto riesgo regulatorio y reputacional, explican el poco interés de la industria del VC tradicional en el sector.
Waterpreneurs reporta que el número de startups de watertech se ha triplicado en Latinoamérica entre 2019 y 2024. Sin embargo, según LAVCA, entre 2018 y 2023 se invirtieron únicamente $800 millones de dólares en startups de agua y saneamiento, lo que representa menos del 1%; la inversión en Fintech es el 12% del total de inversión de impacto.
Y es alarmante que ni la inversión de impacto se anime a financiar estos problemas porque, si inversionistas dispuestos a asumir mayores riesgos por generar un impacto social y ambiental positivo, dispuestos a retornos financieros concesionales o a mayores plazos de inversión, no están dispuestos a voltear a ver esta gran problemática, en una sociedad que depende en buena parte de las innovaciones desde el sector privado, podemos decir que estamos en problemas.
Hoy existen soluciones en la región de captación y tratamiento de agua de lluvia, plataformas de financiamiento para infraestructura de agua en comunidades rurales, tecnología de medición inteligente de consumo de agua, plataformas de gestión hídrica para la agroindustria o el sector HoReCa, tratamiento de aguas industriales, uso de algas que limpian aguas agrícolas sumamente contaminadas, soluciones que basadas en la naturaleza y hasta tecnologías de generación de agua a partir del aire (sí, como las granjas de humedad de Star Wars que condensaban el aire del desierto).
Cada vez vemos más emprendedores explorando este sector, el escenario parece listo para que la inversión de impacto y el blended finance entren con fuerza porque sin inclusión hídrica no podemos hablar de inclusión financiera, educativa o de cualquier otro tema de salud.
Aunque nos tomó bastante tiempo darnos cuenta, el agua es el recurso más estratégico de cara a los siguientes años: juega un papel aún más importante en la restauración de suelos y combate al cambio climático que el carbono, es irremplazable y es la base de la vida como la conocemos.
Por Miguel Gallo