Innovar con criterio
David Martinez Meyer 3 min de lectura
Hace unos días me reencontré con un profesor de la universidad. De esos que dejan huella no por lo que enseñan, sino por cómo te hacen ver el mundo. Solía proyectar dos imágenes en paralelo: a la izquierda Tizapán San Angel, el entorno inmediato donde estudiábamos. A la derecha, Silicon Valley. Todo esto para reflexionar las condiciones de este mercado, estos problemas, este contexto.
Ese ejercicio me acompaña hasta hoy, y creo que es más relevante que nunca para quienes trabajamos en ecosistemas de inversión e innovación en México.
Hay una tendencia en el ecosistema emprendedor de mirar hacia Silicon Valley como si fuera el único modelo válido.
Silicon Valley resolvió los problemas de Silicon Valley. Sus startups más icónicas emergieron de una sociedad con infraestructura consolidada, instituciones relativamente funcionales, acceso generalizado a servicios básicos y una clase media con poder adquisitivo suficiente para adoptar tecnología. Esa no es nuestra realidad. Y pretender que lo es, o que debería serlo antes de innovar, es un lujo que no nos podemos dar.
México tiene problemas de raíz que siguen sin resolverse: informalidad estructural, desigualdad profunda, acceso desigual a educación y salud, desconfianza institucional. Estos no son obstáculos temporales. Son el contexto. Y el contexto importa.
Esto no significa resignarse. Significa pensar con criterio propio.
La foto de Silicon Valley sigue siendo válida como horizonte, como prueba de que los ecosistemas pueden transformar economías enteras. Pero el camino para llegar ahí (o para construir algo equivalente con identidad propia) no puede ignorar la foto de Tizapán. No puede ignorar de dónde partimos, qué problemas tenemos frente a nosotros, qué soluciones tienen sentido aquí y cuáles son simplemente trasplantes mal adaptados.
Los mejores emprendedores e inversionistas que conozco en México no son los que más se parecen a sus contrapartes de San Francisco. Son los que entienden profundamente el mercado local, que conocen sus fricciones, sus paradojas, sus oportunidades escondidas en los problemas que otros no quieren ver.
Una pregunta abierta
No tengo una conclusión ordenada. Y creo que no debería tenerla.
La pregunta que aquel profesor dejó en el salón sigue vigente: ¿somos capaces de innovar, de invertir, de construir, con plena conciencia de nuestra circunstancia? No como excusa para aspirar a menos, sino como punto de partida para construir algo más honesto, más pertinente, más nuestro.
Quiero cerrar agradeciendo al profesor Francisco Pérez-González, cuya reflexión sigue resonando muchos años después.
Por Juan Pablo Marichi